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22 de septiembre de 2018

Románico en Abanco

La iglesia de San Pedro, en Abanco, de la que dijo Madoz que acaso fuera la mejor de todo el partido de Berlanga, se acabó en 1718 pero guarda en su interior una pila bautismal tardorrománica del siglo XIII que vino de un templo anterior del algunos han sabido ver los restos en una de las calles del castigado caserío. La pila, muy sobria, tiene una sencilla copa troncocónica decorada con bandas verticales y una basa formada por un toro con garras en forma de volutas.

También es románica la talla de la Virgen de la Paz expuesta en el altar mayor  y que se saca en procesión el día de la fiesta.

21 de octubre de 2017

Abanco, junto al rio

Abanco es un pueblo de  la Tierra de Berlanga  con serios problemas de supervivencia que se acrecientan en esta época del año cuando los días son mas cortos y mas frios. Sus escasos habitantes permanentes y los que vienen por temporadas, mantienen el caserío limpio y arreglado a pesar de que una parte importante de sus casas se vean ruinosas. El entorno es de gran belleza y atesora un importante patrimonio histórico artístico. El arroyo de Valpirle discurre a quinientos metros, no siempre con agua. Los entendidos dicen que el nombre del pueblo viene precisamente de su cercanía al arroyo y que en la lengua ibérica, muy similar al vasco actual, vendría a significar "junto al rio"

Comenzamos la relación de sus tesoros hablando de una cueva donde se encontró cerámica de la Edad del Bronce y de las  ruinas de una atalaya musulmana, como a dos kilómetros, invadida actualmente por un vértice geodésico y a la que se llega mas fácilmente desde el vecino Sauquillo de Paredes.

El palacio, que fue restaurado a finales del siglo pasado, es ahora de propiedad privada. después de haber servido como escuela, fragua, frontón, granero y ayuntamiento. Es un enorme caserón de sillería con escudos de la familia de hidalgos que lo construyó.

La iglesia es mas grandiosa que el palacio al que hace frente. Es barroca del XVIII construida a imagen mejorada de la de Brías, de la que dijo Madoz que acaso fuese la mejor de todo el Partido. Luce los mismos escudos que el palacio y en unas hornacinas cobija a San Pedro, San Pablo y la Virgen. Dentro hay una pila bautismal románica de una iglesia mas antigua de la que quedan restos visibles en una de las calles.

              

18 de septiembre de 2013

Apariciones

En los pueblos próximos a Berlanga de Duero están las gentes fuera de sus casillas. La Virgen se ha aparecido a una niña de nueve años, natural de Abanco y guardadora de ovejas, como es de cajón.

"¡Es la Virgen, padre, es la Virgen!", comenzó a gritar el arrapiezo femenino al autor de sus días, que había ido a llevarle la comida en el momento de ocurrir el siniestro.
Al día siguiente nueva aparición y gritos nuevos...

Corre la noticia; acuden imbéciles de los pueblos comarcanos; la pastorcilla, con lengua más limpia que los pies, da detalle de como es la Virgen, del traje que lleva, de los objetos que la adornan; los mastuerzos piden a la Virgen (¿a que han ido si no?), lo que cada cual necesita, por conducto de la mocosuela que dice que la vé; y las autoridades tan tranquilas, sin disponer que a la niña le apliquen unas duchas, al papá un alguacil, y a los comparsas unos guardias civiles; y que se busque y capture para administrarle una rechifla (mejor le estaría una paliza), al fraile que en la sombra maneje los hilos de la aparición.
Porque indudablemente hay aquí un fraile, como siempre que detrás de una tapia se ven las orejas de un burro, hay un burro detrás de la tapia.

El Motín, periódico satírico semanal. Madrid, 19 de febrero de 1898

17 de noviembre de 2010

Palacio de Abanco


Siguiendo con la relación de los palacios de la Comarca, iniciada con el de los Marqueses de Berlanga, que en su época debió ser el mas suntuoso de todos ellos, le toca ahora el turno al de Abanco, pueblo de los más aislados y menos poblados de la zona, lo que no quita que tenga un patrimonio espléndido que incluye un tempo barroco descomunal y los restos de una atalaya musulmana.

Es un edificio cuadrangular de sillería, de principios del siglo XVIII, aislado, situado frente a la iglesia. Tiene en el frontis los escudos de sus propietarios, las familias Martínez y Aparicio, que no fueron capaces de terminarlo, dejando la planta baja totalmente hueca. En el interior tiene una sobria escalera de piedra de dos tramos. El arquitecto fue Alonso Martínez de Ochoa, el mismo que construyó la iglesia. Parece ser que vino a sustituir a una casona de una sola planta con extensos corrales, donde vivía esta familia de hidalgos dueña de gran hacienda. Tenía esta primitiva mansión blasones en la fachada, y tras la mudanza al palacio nuevo fue conocida como ermita de Santa Gertrudis. No queda de ella ningún rastro esclarecedor.

Con la desaparición de sus moradores, el palacio pasó a manos del Concejo, que se instaló en sus muros, y el amplio espacio restante se dividió entre la fragua y la escuela; quedando sitio para almacenar grano y para jugar al frontón. La despoblación supuso el abandono total del edificio hasta que a finales del los 70 el tejado cedió por dos de sus apoyos y estuvo a punto de venirse abajo. Con la anexión a Berlanga, su ayuntamiento lo puso a subasta y los compradores lo restauraron en los años 90 con muy buen criterio. Abanco es un pueblo con nombre ibero, en medio de un paisaje paradisiaco, con por lo menos dos mil años de ocupación humana, haciendo equilibrios para sobrevivir y en el que uno tiene la sensación de que está todavía todo por hacer.

8 de julio de 2010

23 de junio de 2010

La cueva de la reina mora

La Cueva de la Reina Mora y la del Cerro de Las Arribas se encuentran una frente a otra en el confín de los términos de Abanco y Sauquillo de Paredes, arroyo de la Peña de por medio, a una altitud de 1260 y 1250 m.

El nombre de la primera es evocador de leyendas propias del solsticio, en las que una princesa aparece fugazmente en el amanecer de la noche de San Juan, peinándose sus largos cabellos. Los afortunados espectadores, que habrían pasado la noche en la cueva de Abanco encendiendo hogueras, bailando y bebiendo cerveza e hidromiel, tendrán grabado en sus retinas el espectáculo único e irrepetible, hasta el próximo solsticio.

Estas dos cuevas fueron estudiadas en 1912, descubriéndose restos de enterramientos de la Edad del Cobre, muchos fragmentos de cerámica y un hacha de aquel metal. Otra cueva más hay en el paraje de Valdeabejas, un asentamiento de la 1ª Edad del hierro, situado en un cerro a 1244 m. de altitud, y que ocupaba una superficie de una hectarea. Valdeabejas fue explorada por el padre Saturio.

Para llegar hasta las cuevas hay que coger el camino rural de Abanco a Sauquillo, hasta donde se juntan los dos términos. Una vez allí, se puede visitar la atalaya de Abanco, o llegar hasta El Hocino, donde se encuentra el Mojoncillo y diferentes construcciones pastoriles. Todo ello a una altitud media de 1250 m. que proporcionan unas vistas extraordinarias.
Se informa del hallazgo de las cuevas en dos artículos fechados el 26 de octubre y el 12 de diciembre de 1912 en El Avisador Numantino.
Las fotos son de Axinio.

6 de noviembre de 2009

Las siete maravillas de la Tierra Berlanga


En Berlanga de Duero, reunidos en el día de la fecha todos los miembros del colectivo y en ausencia de su presidente honorífico, hemos designado, con bastante consenso las que consideramos siete maravillas de la Tierra de Berlanga.
No es una lista cerrada, por lo que estaremos atentos a vuestras sugerencias para realizar cualquier modificación:
  1. -Ermita de San Baudelio de Casillas
  2. -Conjunto histórico de Berlanga de Duero
  3. -Conjunto histórico de Rello.
  4. -Las iglesias románicas de Aguilera, Bordecorex, Brías, Caltojar, Lumías y Paones.
  5. -Las atalayas árabes de Abanco, Barcones, Bayubas de Abajo, Bordecorex, Caltojar, Paones, Rello y La Riba de Escalote.
  6. -La Matilla de Rebollo.
  7. -La Sima de Brías.
  8. -El Cañon de Lumías a Torrevicente

19 de octubre de 2009

Abanco

Abanco es un pueblo de los más aislados y menos poblados de la zona, lo que no quita que tenga un patrimonio espléndido, que incluye un tempo barroco descomunal, los restos de una atalaya musulmana y este palacio que vemos en la foto.

Es un edificio cuadrangular de sillería, de principios del siglo XVIII, aislado, situado frente a la iglesia. Tiene en el frontis los escudos de sus propietarios, las familias Martínez y Aparicio, que no fueron capaces de terminarlo, dejando la planta baja totalmente hueca. En el interior tiene una sobria escalera de piedra de dos tramos. El arquitecto fue Alonso Martínez de Ochoa, el mismo que construyó la iglesia. Parece ser que vino a sustituir a una casona de una sola planta con extensos corrales, donde vivía esta familia de hidalgos dueña de gran hacienda. Tenía esta primitiva mansión blasones en la fachada, y tras la mudanza al palacio nuevo fue conocida como ermita de Santa Gertrudis. No queda de ella ningún rastro esclarecedor.

Con la desaparición de sus moradores, el palacio pasó a manos del Concejo, que se instaló en sus muros, y el amplio espacio restante se dividió entre la fragua y la escuela; quedando sitio para almacenar grano y para jugar al frontón. La despoblación supuso el abandono total del edificio hasta que a finales del los 70 el tejado cedió por dos de sus apoyos y estuvo a punto de venirse abajo. Con la anexión a Berlanga, su ayuntamiento lo puso a subasta y los compradores lo restauraron en los años 90 con muy buen criterio. Abanco es un pueblo con nombre ibero, en medio de un paisaje paradisíaco, con por lo menos dos mil años de ocupación humana, haciendo equilibrios para sobrevivir y en el que uno tiene la sensación de que está todavía todo por hacer.

En la variada toponimia de la Tierra de Berlanga , abundan los nombres latinos, entre algunos árabes (Bordecorex, Alaló, Caltojar) y otros con todas las trazas de ser prerromanos, como Brías, Lumías o Abanco.

La primera vez que aparecí por Abanco, fue una noche sin luna y ventosa del mas genuino invierno, acompañando a uno de mis tíos en no se que cometido. En la plaza nos recibió una anciana muy delgada, toda vestida de negro y con un pañuelo a la cabeza, con la que mi tío departió unos minutos, mientras yo miraba la escena resguardado dentro del automóvil con el que habíamos llegado desde Brías por un camino sin asfaltar. La escena de un árbol que se movía violentamente por el viento y de dos cardos arremolinados, no se si es real o soñada. Pensé, sin saber todavía que la mitad de su caserío estaba hundida, que aquel lugar estaba dejado-de-la-mano-de-dios.

Tenía a la derecha la iglesia, que apenas entreveía con las luces del coche, sin saber que era un edificio descomunal, desproporcionado para el centenar y medio de almas que tuvo el pueblo en sus mejores tiempos, y a la derecha también con poca visibilidad, el palacio que se construyeron los Aparicio al mismo tiempo que la iglesia y que en un alarde de adaptación al medio, ha sido fragua, granero, frontón, escuela y ayuntamiento.

Abanco tiene el privilegio de ser el primer pueblo de Soria por orden alfabético, y durante unas décadas tan oscuras como aquella noche, también fue el primero en la lista de los condenados a desaparecer. He vuelto alguna vez y he visto niños en sus calles. El palacio lo han arreglado y hay una asociación cultural http://www.abanco.org/ que pretende tirar del pueblo para que resista por lo menos otros mil años, que son los que tiene su atalaya árabe, ahora profanada por un vértice geodésico. En el monte donde está la torre hay numerosos restos de cerámica antigua y el arqueólogo Juan Cabré encontró un hacha de cobre, lo que nos demuestra que por estos pagos hay presencia humana desde hace por lo menos tres mil años y seguro que el bache actual no ha sido de los más gordos.

Me vino a la memoria la anciana de Abanco cuando leí "El santero de San Saturio" de Gaya Nuño, por la maravillosa descripción que hace de los campesinos sorianos. Como homenaje a aquella anciana, a todas nuestras abuelas y al intelectual honrado que fue Gaya Nuño, reproduzco este fragmento de su obra:

Ellos se llaman Dámaso (pronunciado sin acento, Damaso), Teógenes, Eusebio, Primitivo, Abundio, Eleuterio, y otros nombres mucho más extraños, porque los curas y los secretarios se los enjaretan, sin derecho a opción de los padres, según el santoral diario. Y por fenómeno latino y árabe, al nombres se antepone, como en los apodos, el artículo determinado. Con tal de no decir apellidos, para diferenciar dos individuos homónimos, serán designados por el nombre de sus mujeres, con lo que habrá El Juan de la Eustaquia y El Juan de la Justa. Tan sólo los años traerán al campesino la dignidad de tío, pues la de señor se reserva para los muy acomodados. Don sólo se denomina al médico, al cura y al boticario.

Todos han ido a la escuela, todos saben leer y escribir. Su vestuario comprende camisa rameada, traje de pana, larguísima faja ceñida a la cintura, boina y tapabocas, calzando abarcas. Se han pasado la vida cultivando un minifundio de centeno, patatas o judías, esforzándose en elocuencia para retardar el pago al recaudador de contribuciones, haciendo que su mujer cosa piezas y más piezas en el pantalón de pana. Ellas tienen nombres como Bibiana, Bienvenida, Gregoria, Valentina, Damiana, Rufina, Blasa, nombres por los cuales decía Teófilo Gautier que las más mocosas aldeanillas castellanas se llamaban como las princesas medievales y las heroínas de fábula. Pero estas pobres heroínas se secan pronto, de los muchos hijos y trabajos, y llegan viejísimas a la madurez. Unas y otros me han cautivado siempre por su parsimonioso, nítido hablar de buen prosista clásico. Si ven una fotografía o dibujo de algo conocido, "está muy propio", comentan, frase la más adecuada para caracterizar su habla: un habla muy propia. Tanto, que ningún campesino soriano enfermo dirá que le duele uno u otro órgano; "padezco", es lo que afirmarán. A la proposición de una venta, para detener los regateos, dan su máxima y tajante razón: "Lo mismo me da tenerlo que tener los cuarenta duros."

Listos, reticentes, pobres como el más paupérrimo coolí, pero absolutamente nada papanatas, como lo demuestra el hecho de que, habiendo llegado a varias aldeas en el primer automóvil que en ellas entraba, nadie se embobaba ni hacía aspavientos, limitándose algún anciano a consignar el hecho. Creen en el señor médico. Creen, ciegamente, en los abogados. En los curas, sólo a medias; en cambio, nada haría que faltase su aceite a la lámpara de la Virgen. Los más riquillos, cuando se casan, vienen a Soria y visitan San Saturio, de igual manera que los novios catalanes van a Montserrat y los aragoneses al Pilar; dolidos en el fondo, mis labriegos, de que la imagen titular reproduzca un santo y no una Virgen. Entonces, yo salgo por los fueros de Saturio y hago prodigios de propaganda. El campesino soriano pone motes y alias a sus convecinos, única salida a su limitado humorismo. A uno que había sido soldado, le llamaban, en mi pueblo, El Soldate. A otra mujer, muy resuelta en sus actos y dichos, apodaban, de modo castellanísimo, La Determinada. Razonaban, de un tercero, el alias de Tío Tenazas, afirmando ser "tan tenaz, que no cambiaba un huevo por otro". En fin, si el sujeto no es llamativo por ninguna mayor característica que la de proceder de otro pueblo más o menos lejano, se le disigna por el topónimo de éste, quedando convertido en El tío Tajahuerce, o El tío Lubia.

Como se divierten en raras ocasiones y son curiosos de todo, acogen con alborozo comedias y títeres; ellos mismos representan sainetes y hasta, durante la Semana Santa, la Pasión; con horrorosos Cristos que, por pudor, no son crucificados desnudos, sino con calzoncillos largos y camiseta. Mucho más primitivos son en los Carnavales, que realizan con una impresionante latencia mágica. Sí, me impresionaban, de pequeño, aquellos mozos que se tiznaban la cara, colgábanse esquilas del pescuezo y corrían el pueblo llevando un caldero de orines y hollín, con cuya mixtura rociaban a las mozas.

Otros Carnavales, cuando ya había estudiado a Breuil y a Obermaier, sorprendí, en unión del arqueólogo Don Blas de Taracena, y en pueblo que no me acuerdo si era Yelo o Conquezuela, algo que era un puro asombro, todo un capítulo de prehistoria viva y palpitante, los mozos se habían puesto cuernos y rabos de toro, pintado el rostro de negro y bermellón y corrían componiendo la más tremenda estampa paleolítica. Naturalmente, no estábamos sino a poca distancia de Torralba, el pueblo de los mamuths. Cuando el auto se paró ante los hechiceros pueblerinos y éstos vieron cómo emergían del mismo dos cabezas estupefactas, se pararon, avergonzados. Avergonzados. ¡¡Y nos habían dejado ver, gratis, una escena auriñaciense!! No podría decir hasta qué máximo extremo dignifica a mis labriegos este sentido primitivo y ancestral, no adulterado por ningún barniz extraño. Aunque el aldeano frecuente la taberna del pueblo, aunque dos domingos por la tarde se reúnan varios Teógenes, Evaristos y Bienvenidos, alrededor de unas azumbres de tinto, ello no les resta una tradicional, inmensa dignidad celtibérica que surge en los momentos más dolorosos. uno de mis primeros recuerdos de niñez, de los que modelan toda una vida, pertenece a este género: Había comenzado en Tardelcuende la corta de pinos, y uno de ellos, al caer, hirió gravemente a un leñador con un cruel corte que le hendía la frente hasta la comisura externa del ojo izquierdo. Él no se quejaba ni decía palabra. Fue su triste mujer la que hizo este brevísimo, lamentable, estoico comentario, tan decidor como las apostillas de Goya a sus dibujos: -Lo que les sucede a los desgraciados.

Pero hay muchas más cosas que les suceden a los desgraciados. Los incendios, los pedriscos, las sequías, las heladas, las contribuciones. Pasan su vida entre calamidades, inclinados sobre la parda y pobre tierra, y cada generación les trae la pequeña alegría de unas escuelas nuevas, o del servicio de luz eléctrica, o del deseado camino vecinal. Por lo demás, se les come la avitaminosis, a ellas la fiebre puerperal, y muchos de ellos, sobre todo en el campo de Gómara, enloquecen, y los manicomios tardan muchos años en dar noticia de su defunción.

Con justicia desconfían de muchas cosas. Nacen, viven y mueren en la más pobre tierra de España, y apenas pueden creer sino en la gleba que les encadena. Ninguna ironía en este capítulo sobre mis paisanos campesinos. Son el trozo más digno del mundo poético de Antonio Machado.

En la segunda y última fase de restauración de la iglesia barroca de San Pedro de Abanco el presupuesto fue de 258.181 euros, que se emplearon en las siguientes mejoras:

  • Cambiar toda la pavimentación del templo y del atrio de entrada.
  • Arreglo de la bóveda de la sacristía y de los revestimientos deteriorados del interior de la iglesia.
  • Restauración de pilastra, hornacinas y bienes muebles.

De esta espaciosa iglesia dijo Madoz que acaso fuese la mejor de todo el partido. La encargaron los Aparicio al Maestro Alonso Martínez de Ochoa, que también diseñó el palacio; y se construyó a imagen mejorada de la de Brías. Se comenzaron las obras en 1708 y se acabaron en 1713. La piedra es toda de sillería. En la portada hay tres hornacinas con la virgen, San Pedro y San Pablo; y a los lados los escudos de la familia benefactora. De la antigua parroquia románica no queda mas que una pila bautismal de copa troncocónica decorada con bandas verticales y una basa formada por un toro con garras en forma de volutas.

Los cinco marcos vacíos que se ven en el interior, tenían cuadros que fueron robados hace cien años. La importancia de los templos se medía por las obras de arte que albergaban y tambien por las reliquias que se había logrado reunir; asi en esta iglesia de Abanco se guardan las de los santos Gaudino, Bonifacio, Justino y Faustino, martires de los primeros tiempos del cristianismo.